
El Tarot me aporta introspección, es mi herramienta para estudiarme, aprenderme y sorprenderme. No puedo negar que en ocasiones siento temor ante lo que pueda mostrarme y confieso que cuando veo a una persona que le tiemblan las manos al mezclar el mazo de láminas, todo y que bromeo para que se relaje, siento la misma ansiedad cuando lo hago yo, para mí.
Cierto, no hago nunca que me hagan lecturas los demás, todo y que me gano la vida con ello, no quiero que las interpretaciones ajenas me sugestionen. Contradictorio, verdad?
Yo intento ser neutro, explicarle a cada uno lo que significa cada lámina, pero evidente mente, su mensaje se cuela en mi mente, su misterio mueve a mi ego y surge la interpretación.
Seguramente nunca llegue a comprender ese mecanismo que pone en marcha mi boca y la mueve a expresar palabras que conmueven a mi oyente. Luego, después de un tiempo que yo no controlo, todo termina. El consultante suele guardar silencio, enmudece. Por lo general, me miran con ojos brillantes y me dan las gracias por decirles cosas, que en ese mismo instante ya no recuerdo.
Me gusta que la persona no me diga nada, que no me indique cuál es el tema que le trae a visitarme. La libertad es más sabrosa y jugosa. El inconsciente del consultante se refleja por si mismo en las láminas que él elije. El silencio verbal deja que el lenguaje Total se exprese sin ruidos ni interferencias. Es entonces que el Tarot es auténtico...o yo lo siento así.